Pastoral Vocacional
de que Dios no ha perdido aún
la esperanza en los hombres”
(R. Tagore)
Vamos a comenzar fijando el significado de los términos “pastoral” y “vocacional” que se barajan a lo largo de estas páginas. Al detenernos a describir su campo semántico, buscamos el significado común y su referencia a una misma realidad. Al hacer esto no queremos discutir sobre palabras, sino acercarnos a realidades concretas para entenderlas e iluminarlas. Evitaremos de esta manera la ambigüedad e inestabilidad que puedan envolver tales expresiones. Cuando buscamos esa claridad no pretendemos construir un pensamiento único, sino proponer un significado común convergente acerca de la pastoral vocacional. Ello nos va a permitir el avance en nuestra reflexión.
El secreto de toda pastoral vocacional que quiera ofrecer el mejor servicio a la comunidad cristiana y a las personas particulares es la claridad, el realismo y la coherencia de su significado, junto con una propuesta pastoral que lo encarne y articule. Comencemos, pues, buscando claridades, esto es, una idea transparente de pastoral vocacional. Ésta se funda en aquellos valores asumidos por todos y proyectado hacia un objetivo común, contado con recursos humanos, instrumentos y estrategias de acción.
Fundamento y meta de la pastoral vocacional
Ante todo, es indispensable que todo y cada uno de los agentes de pastoral implicados compartan un principio pastoral común. Tal principio ha de ser un punto de partida común, elemental, fundamentado y lo más amplio posible. Además ha de ser capaz de incluir distintas sensibilidades y perspectivas, y de mostrar su capacidad para proponer y hacer entender el sentido de la vida. Cuanto más amplio sea el consenso que llegue a promover, más apto será ese fundamento para constituirse en punto de partida y así poder captar la colaboración de todos en las diversas actividades y servicios.
¿Y cuál será ese principio común o fundamento de la pastoral vocacional? Debería ser el descubrimiento de la significación de la existencia humana recogida en esta expresión que repetiremos a lo largo del discurso: La vida es un don recibido que tiende por su naturaleza a ser un bien entregado. Ésta es la verdad elemental que fundamenta la existencia humana20. Toda persona puede reconocerla y asumirla. También es la base más sólida sobre la que puede desarrollarse una fructuosa acción pastoral dedicada a orientar adecuadamente las decisiones primordiales de la vida humana. Para que tales decisiones vayan en la justa dirección, deberá respetarse absolutamente este principio o lógica vocacional.
Y junto a ello, será necesario establecer también de manera precisa la meta, esto es, el objetivo vocacional21. Identificada la meta común, se pueden articular acciones específicas y convergentes con lógica y sentido. Para recorrer el camino y alcanzar esa meta, es imprescindible una decisión, explícita de fe. La pastoral vocacional despliega, por tanto, una dimensión no sólo antropológica, sino también teológica. Ese objetivo vocacional consiste en ayudar a crecer a cada persona, agraciada con una llamada individualizada de Dios, mostrándole el misterio seductor de Jesucristo y la belleza de la entrega total de sí a la causa del Evangelio22 según un carisma particular. Es una forma de colaborar en la edificación de la Iglesia, de manera que no le falte ningún don de gracia.
Naturaleza de la pastoral vocacional
Desde la década de los ochenta, han ido cambiando las perspectivas y horizontes de comprensión de la pastoral vocacional. El segundo congreso mundial y su documento conclusivo han contribuido a que la pastoral vocacional se integre de una forma más decidida en la pastoral general de la Iglesia y a que la dimensión vocacional sea una parte integrante de todas las pastorales. Decir vocación es tanto como decir dimensión constituyente y esencial de la misma pastoral ordinaria, porque la pastoral está desde los comienzos, por su naturaleza, orientada al discernimiento vocacional. Es éste un servicio prestado a cada persona, a fin de que pueda descubrir el camino para la realización de un proyecto de vida como Dios quiere, según las necesidades de la Iglesia y del mundo de hoy.
La pastoral vocacional se funda e inspira hoy en la teología del Vaticano II que presenta a la Iglesia como mysterium vocationis23. La Iglesia es una comunidad de vocacionados que, a su vez, son todos vocacionantes. Todos son llamados y, consiguientemente, todos llaman. La pastoral vocacional se sitúa, por lo tanto, en su más honda entraña. Si la pastoral ordinaria no llega a “tocar el corazón” y a poner al oyente ante la pregunta estratégica (“Señor ¿qué quieres que haga?”), no es pastoral cristiana, sino hipótesis de trabajo inocua y sin mordiente.
La exhortación Pastores dabo vobis la define como “la misión de la Iglesia destinada a cuidar el nacimiento, el discernimiento y el acompañamiento de las vocaciones”24. Por su parte, el congreso europeo la entiende como la acción mediadora de toda la comunidad cristiana entre Dios que llama y aquellos que son llamados, a fin de que los dones carismáticos y jerárquicos prodigados por el Espíritu sean acogidos en todas partes con generosidad. Una pastoral de este talante nace del misterio mismo de la Iglesia y se pone a su servicio para promover la variedad de carismas, de ministerios y consecuentemente de diversidad de vocaciones en su seno25.
Pasemos ahora a destacar los elementos más relevantes en esta manera nueva de entender la pastoral vocacional.
1.- Un conjunto de actividades pastorales específicas
La pastoral vocacional, es toda ella, acción pastoral. Se presenta como un conjunto orgánico de actividades pastorales específicas y complejas, vinculadas íntimamente a la pastoral general de cada Iglesia pasticular26. Mediante tales actividades pastorales se crean aquellas condiciones imprescindibles para que cada miembro de la comunidad eclesial pueda optar, con madurez y libertad, por una forma específica de seguimiento a Jesucristo el Señor, según la voluntad de Dios en su vida.
La animación vocacional no se confunde en absoluto con un deseo pasivo incapaz de mover nada, ni con una espera pasiva, ni con otra actividad indiferenciada, y mucho menos se concreta en un recuento estadístico de ingresos y salidas. Y, aunque la incluye en grado eminente, tampoco se puede reducir la pastoral vocacional a la oración por las vocaciones, y menos si ésta es cómplice de rutinas y absentismos.
La pastoral vocacional se coloca entre los primeros y más importantes objetivos de la vida y misión de la comunidad cristiana como Juan Pablo II subrayó contundentemente: “La actual situación histórica y cultural, que ha cambiado bastante, exige que la pastoral de las vocaciones sea considerada como uno de los objetivos primarios de toda la comunidad cristiana”27. Más aún, “la vocación es el corazón mismo de la nueva evangelización en los umbrales del tercer milenio, es la llamada de Dios al hombre para un tiempo nuevo”28. Todavía más: “La vocación es problema grave de la pastoral actual”29.
Al ser objetivo primario, debe insertar sus acciones específicas en el marco del proyecto de la vida y misión de cada comunidad cristiana local. Tales acciones deberán contar con un análisis de la realidad, una iluminación y un plan de acción adecuado, claro y práctico. Entender esto así supone que cada comunidad cristiana y todo centro pastoral deberían elaborar su propia programación específica de pastoral vocacional, inserta en su proyecto pastoral. Se trata de un plan que, si pretende conseguir su objetivo, debe ser asumido como tal por todos los responsables y colaboradores de dicho centro pastoral. A ellos, de forma organizada, les tocará programar, realizar y evaluar la animación vocacional, desde unos itinerarios específicos y con una pedagogía adecuada. Tendrá muy presente también que esas acciones deben implicar a todos los miembros de la comunidad cristiana, como veremos a continuación. Esto no se puede olvidar en el día de hoy.
Realizadas por la comunidad cristiana
La titularidad de la animación vocacional corresponde a la comunidad cristiana. El sujeto agente de la pastoral vocacional es, propiamente hablando, un sujeto plural: toda la comunidad cristiana. En efecto, “la pastoral vocacional tiene como sujeto activo, como protagonista, a la comunidad eclesial como tal, en sus diversas expresiones…Todos los miembros de la Iglesia, sin excluir a ninguno, tienen la gracia y la responsabilidad de fomentar las vocaciones”30.
La comunidad cristiana no puede desentenderse, distanciarse, aislarse ni, mucho menos, enfrentarse con la pastoral vocacional. A toda ella le incumbe la animación vocacional. La actual crisis vocacional depende de muchos factores, pero particularmente va unida a la falta de responsabilidad en el testimonio de vida y anuncio del evangelio de la vocación. Habrá, por tanto, que motivar y proveer para que de forma real todos se impliquen solidariamente, es decir, de manera coral. En una Iglesia toda vocacional, todos están urgidos a ser animadores vocacionales31. La “moralidad” excluye cualquier tipo de delegación que legitime inhibiciones o excusas. Todos son responsables como pueblo de Dios orgánico y organizado, dotado de carisma y ministerios, y diferenciado en sus diversas responsabilidades y funciones.
Pero hemos de tener clara la siguiente precisión: Si bien es cierto que todos deben hacer pastoral vocacional, es igualmente cierto que no todos pueden, saben o deben hacerlo todo en este servicio de animación, y ni siquiera han de realizar las mismas cosas. Por tanto, el proyecto local de pastoral vocacional deberá definir y amparar distintos servicios bien diferenciados, a la vez que tratará de integrar y responsabilizar de ellos a todos los miembros del centro pastoral. Todos deben hacer pastoral vocacional, pero no todos deberán, por ejemplo, acompañar o llevar adelante un trabajo de discernimiento, que requiere ciertas cosas de competencia, capacidad y conocimiento.
No olvidemos tampoco que la pastoral vocacional se sitúa como una función mediadora entre Dios que llama y la persona que escucha, acoge y responde a su llamada. Esta función intermedia e intermediaria debe evitar cuidadosamente ocupar el lugar de Dios, sustituyéndolo. Sólo Dios es el que llama. Lo hace a través de mediaciones, pero llama Él. Por ello, aunque el testimonio sea requisito e instrumento de primer orden en la animación vocacional, la voz de Dios lo trasciende. Es por ello por lo que nuestras comunidades santas, pero también pecadoras y jamás perfectas, no deben sentir ningún tipo de complejo al realizar su servicio la mediación. Pero, por eso mismo también, la validez o la eficacia o el éxito de la pastoral vocacional nunca pueden medirse exclusivamente por los resultados numéricos, sino por su capacidad de ofrecer medios para que las personas se encuentren con el Señor que les llama.
De esto es de lo que debe estar más preocupada la pastoral: de crear condiciones suficientes para que la voz del Señor que llama pueda llegar con claridad al oído interior del hombre de hoy. Esta tarea es modesta, porque no debe interferir en la comunicación de Dios con ruidos que distraigan, y a la vez atrevida, porque no descansa hasta ver cómo se produce la interpelación de Dios y la reacción humana ante la manifestación del Señor
Con una metodología propia
La metodología de la pastoral vocacional debe ser gradual y convergente, general y específica, universal y permanente, personalizada y comunitaria por necesidad, personalizada y diferenciada 32. Se articula en procesos de personalización de fe, que requieren algunos elementos fundamentales:
1).- Unas condiciones que permitan crear el ambiente de experiencia de fe donde poder realizar la propuesta explícita que señala el comienzo de un camino de clarificación y de discernimiento.
2).- Un acompañamiento personal especializado a lo largo de un itinerario clarificador, que nunca podrá ser indebidamente presionado por prisas, miedos o violencias. Tal itinerario debe tener un punto de arranque, una meta de llegada y unos pasos intermedios que verifiquen la clarificación vocacional, depurándola y confirmándola.
3).- Un clima de oración, libertad y diálogo, que jamás puedan darse por supuestos, como atmósfera necesaria que posibilita la escucha, acogida y respuesta de la llamada. Bajo esta condición se recoge una iniciación mistagógica a la escucha de la Palabra de Dios al discernimiento de sus signos manifestativos y de las reacciones personales que conlleva.
4).- Un cierto rigor metodológico de discernimiento que impulse el avance hacia la decisión final, tomada con disponibilidad y libertad, desde un planteamiento evangélico de vida, y situada en la realidad personal del sujeto que ha de tomarla.
Dimensión activa de la pastoral vocacional:
Transmisión
Si la vocación es en su esencia “encuentro y diálogo”33, la pastoral vocacional deberá empeñarse en que ambos acontecimientos se produzcan. Se coloca así en un lugar intermedio entre dos interlocutores, ciñendo su tarea a la transmisión, para facilitar dicha comunicación. La pastoral vocacional tratará simplemente de poner en contacto. Su tarea, por tanto, es lo más opuesto al “adoctrinamiento”. En el camino de la vocación nunca se avanza con meros contenidos teórico-doctrinales, sino a través de sucesivas experiencias, posibilitando espacios donde la persona se encuentre con Dios. O la pastoral vocacional es mistagógica, y, por tanto, parte una y otra vez del Misterio (de Dios) para llevar al misterio (de la persona), o no es tal pastoral34. Se trata, pues, de propiciar experiencias de encuentro. Ése es el modelo con el que presentamos la compleja, no complicada, metodología de la pastoral vocacional.
La psicología nos recuerda que la persona nace y se desarrolla adecuadamente a través de sucesivas experiencias de encuentros. Y no lo consigue mediante yuxtaposiciones placenteras o confrontaciones beligerantes. Con la vocación se produce algo análogo al proceso de la formación de la personalidad. Sólo es posible desde una experiencia real de encuentro. Por eso la clarificación vocacional no es una cuestión de pensárselo o de adivinar qué querrá Dios de mí, sino de encontrarse con Él y escucharle. Por eso mismo, el problema actual de la pastoral vocacional no es de elaboración de catequesis, ni de aplicación de dinámicas de grupos, sino de creación de espacios de vida donde se produzca esa experiencia. Experiencia que, en su raíz más honda, es profundamente religiosa y no tanto ética. Y, cabe decirlo también para hoy, de evangelización primera.
Por eso, transmitir la llamada, comunicarla, es ante todo crear un flujo de experiencias. Luego vendrá, en un segundo momento, la catequesis como elemento de penetración y ahondamiento; pero lo primero e insustituible es la experiencia personal. Por eso, una pastoral bien entendida debe ocuparse de forma primordial de crear ámbitos muy humanos, y propiciar la experiencia de fe, en los que experimentar el amor de un Dios que llama. Constatamos que los más hondos valores humanos se aprenden y transmiten gracias a tradiciones: fiestas, relaciones, fragancias, músicas, sabores, historias que se cuentan, ambientes llenos de sentido… Por ello, el cuestionamiento más certero acerca de la pastoral no debe reducirse a comprobar lo que se hace, sino a verificar cómo ofrece espacios aptos para la experiencia de un encuentro: transmisión y acogida de la llamada de Dios. Después vendrán las palabras. No nos sirven, más aún, nos perjudican, todas aquellas experiencias en las que no se producen esas vivencias de encuentro con el Señor Dios. De ahí que una pastoral vocacional que no se base en suscitar tal experiencia no encontrará razones para afrontar de raíz los problemas que acarrea la fidelidad de la respuesta a la llamada.
Por lo dicho, queda claro que la pastoral vocacional aborde el hecho de la vocación entendido como fenómeno de comunicación. Su método pedagógico habrá de ser aquel que tiene en cuenta el circuito comunicativo tal como se explica en el esquema emisor-canal-mensaje-receptor. Ahondaremos en su sentido buscando la razón orientadora de la animación vocacional. Si hemos indicado que la pastoral es, en su raíz, un acontecimiento de transmisión, ello supone que alguien (un emisor) comunica (canal) un mensaje (contenido formal) a otros (receptores).
Tal planteamiento lleva a formularnos preguntas como éstas: ¿Quién y bajo qué condiciones puede constituirse en agente de pastoral? ¿En qué consiste exactamente su tarea comunicativa? ¿Cuál habrá de ser el contenido de su mensaje? ¿Quiénes son sus destinatarios? La respuesta que demos a estas cuestiones nos permitirá diseñar el marco en el que movernos.
Transmitir con “auctoritas”
Procedemos de forma rigurosa. Nos interesa entender, desde su responsabilidad pastoral, quién autoriza a una persona o a un colectivo a erigirse en mediador vocacional. O, lo que es igual, quien garantiza la auctoritas que legitime el oficio de proponer a otra persona una llamada de Dios. Porque nadie ostenta en propiedad el dominio sobre la Palabra ni sobre la voluntad de Dios. De ahí surgen otras preguntas concomitantes y derivadas: ¿quién autoriza a una persona a acompañar a otras?, ¿Quién le autoriza a certificar si el otro tiene o no vocación?, ¿cuándo, dónde y cómo se adquiere esa auctoritas? Estamos evocando así algo de suma transcendencia como es la auctoritas de Jesús de la que hacía gala al dirigirse a la gente.
El legítimo portador de esa auctoritas no puede ser otro que la misma comunidad cristiana y, particularmente, la carismática reconocida como tal, en tanto en cuanto se convierte en vocacional. Si cada carisma eclesial contiene la manifestación de la propia identidad, su transmisión sólo puede realizar ese grupo de personas que se han reconocido a sí mismas en ese don del Espíritu y muestran a través de su existencia la calidad y la riqueza de una vida comprometida con este mismo don. No es equiparable la fuerza provocativa y convincente de un grupo de personas, que se reconocen en un mismo carisma, con el esfuerzo de un solo individuo por lograr prosélitos, aunque esté dotado no sólo de buena voluntad, sino de las mejores cualidades.35.
Por ello, en pastoral todo individualismo, que en el fondo es búsqueda más o menos expresa de la propia autoafirmación, es pecado mortal porque altera y termina destruyendo la dinámica comunicativa de la comunidad carismática. Y siguiendo esa lógica, tampoco la pastoral vocacional se puede “delegar”. Es toda la comunidad-llámese parroquia, provincia religiosa, comunidad local…-el sujeto de la pastoral. Y, en todo caso, ese “delegado” deberá motivar a toda la comunidad para que funcione en clave vocacional. O la pastoral moviliza todo el conjunto apostólico de una comunidad cristiana o es inútil. Por ello, la acción pastoral – también la vocacional – debe ir dirigida no sólo a los de fuera, sino que debe incidir también en los de dentro. O trabajamos como ekklesía o, de lo contrario, nos disgregamos oscureciendo la luz de Dios.
El “Lenguaje” vocacional
Con el convencimiento de que la pastoral ha de posibilitar aquella experiencia de encuentro con el Dios que llama, esta nueva cuestión incide sobre la propia capacidad comunicativa. El emisor es el propio agente pastoral, considerando no individualmente, sino en el entramado de la comunidad cristiana a la que pertenece y de la Iglesia, agraciada con una vocación que le capacita para vivir de la Palabra y anunciarla proféticamente al mundo.
Ahora bien, transmitir un mensaje depende del propio lenguaje, del propio gesto lingüístico. Ese lenguaje hace de canal o vehículo, a través del cual circular el mensaje vocacional hasta llegar a otros. No es algo puramente exterior. Implica actitudes, palabras, signos, medios y estructuras La irrupción de Dios en la historia pasa por la diversidad de nuestros lenguajes. Según esto, la pastoral vocacional deberá preguntarse cómo expresa a Dios con su lenguaje total, con su gesto lingüístico, porque Dios pasa a su través. Esta pregunta habrá de desencadenar una revisión continua de la propia capacidad de ser testigos, no sólo como creyentes creíbles o personas santas, sino también como comunidades santas36.
No podemos olvidar otra cosa. El testimonio no se reduce a registrar y tomar conciencia de lo que nosotros mismos pensamos o creemos sobre nuestra manera de ser canales. No es ése el asunto. Hemos de comprobar que somos canales que permiten la transmisión de forma significativa y eficaz. El objetivo consiste en verificar si se da o no un desfase entre lenguaje teórico y visibilidad social significativa. Porque si “somos el cuerpo de Cristo”, nos reconocemos como condición de visibilidad de Cristo en la historia para los demás. Esto pone en juego la significación sacramental. No basta con revisar la ortodoxia y la ortopraxis, sino que hay que comprobar que la propia forma de ser y vivir incita, en especial a los jóvenes, a realizar una experiencia de encuentro que, en su momento, adquiera tintes vocacionales. Para muchos de ellos, el primero, y tal vez único, acceso al encuentro con el Invisible es nuestro propio “cuerpo social”. Nuestra fe profesa el misterio de la encarnación, y sin “carne” no hay fe cristiana.
Aquí radica la importancia actual que adquiere el testimonio como elemento fundamental de la pastoral vocacional. La vocación normalmente se transmite por mediación personal, de tú a tú. Para que pueda darse, debe haber previamente un creyente que haya respondido a la llamada y sea signo. Siendo esto verdad, no podemos olvidar tampoco que la pastoral va más allá de nuestras incoherencias. A pesar de ellas, el acontecimiento de la llamada se ha producido siempre y se seguirá produciendo. La llamada es de Dios. Trasciende siempre nuestra realidad. Además esto queda justificado por la Palabra. Ahí está, por ejemplo, la genealogía de Jesús que ofrece el evangelio de Mateo, o la misma biografía de los primeros seguidores de Jesús que aparecen en los relatos evangélicos, para demostrarnos que la salvación hunde sus raíces en las oscuridades de nuestra historia y no repugna a las personas tal y como son. Hasta ese extremo llega el misterio de la encarnación del Verbo.
Y esto alude también a la necesidad de ofrecer en la pastoral caminos mistagógicos o itinerarios a lo largo de los cuales pueda madurar la fe, se haga más evidente la vocación de cada cual y se afiance. Porque no se debe reducir a hacer. La Pastoral debe recordar algunos itinerarios pastorales concretos: la liturgia y la oración, la comunión eclesial, el servicio de caridad, la experiencia del amor de Dios recibido y ofrecido en el testimonio. Y, atención a ello, “esto haría a la pastoral verdaderamente vocacional” 37.
El mensaje vocacional
En pastoral, nos lo jugamos todo a la hora de comunicar. No podemos transmitir cualquier cosa, corriendo el peligro de falsear o mutilar la Palabra. Entra en juego así la fidelidad a la tradición recibida. Porque no podemos cambiar el mensaje ni alterarlo, comunicando otras cosas; ni siquiera rebajarlo, reduciéndolo solamente a lo que el pastoralista entienda, sienta, crea o viva personalmente. ¡No se puede decir a otros lo primero que se ocurra en nombre del Señor Jesús! No se debe perder lo fundamental. Esto nos sitúa en el umbral del tema de la fidelidad. Aun con el riesgo real de quedarnos solos, no se debe bajar la guardia en sus exigencias, no se deben hacer rebajas, o poner todo fácil y edulcorado para que sea aceptado el evangelio de la vocación.
La experiencia vocacional que se transmite y su envoltura carismática son, a su vez, herencia recibida y patrimonio que compartir. Y más que memoria, es ante todo memorial, esto es, actualización de una herencia. Exige, para conservar su autenticidad mantener clara y explícita la referencia a los contenidos objetivos de la fe y del carisma.
Es por esto por lo que toda pastoral vocacional debe sustentarse sobre la Palabra de Dios. No puede haber pastoral y menos aún pastoral vocacional, sin una constante referencia a la Palabra. Porque ella es la única que opera la salvación. Sólo entre la Palabra de Dios puede originarse la llamada, la vocación. No puede haber pastoral sin ayuda a leer, meditar, contemplar y encarnar el texto de la Palabra. La referencia a la Palabra es uno de los termómetros más certeros que mide la calidad de la experiencia vocacional. Esta convicción implica una llamada urgente a recuperar y divulgar la praxis de la lectio divina en perspectiva vocacional, tanto a nivel personal como mediante la creación de escuelas de oración. Su razón, de sobra conocida, está incluida en aquel famoso dicho de la Dei Verbum: “Todos los fieles adquieran la sublime ciencia de Jesucristo por la lectura frecuente de la Divina Escritura, acompañada de la oración”38.
En las narraciones bíblicas se cuentan las realidades más hondas de manera experiencial. Más que dibujar hipótesis explicativas de cuño teórico, narran historias. Y muestran cómo Díos se hace presente en ellas y llama. De todo esto que venimos diciendo se deriva otra consecuencia: la de privilegiar una pastoral testimonial que integre la narración de la propia experiencia religiosa, sin excluir sus sombras. Porque en el camino vocacional, como en toda experiencia de fe, no todo es luminoso: en buena medida, es lucha y combate, a veces derrota, que genera heridas y hemorragias. Junto a la teología y a la catequesis, hemos de situar pastoralmente la narración de la propia experiencia, siempre provocativa39. El pastoralista ha de estar dispuesto a narrar su experiencia vocacional y a enseñar a los otros cómo hacerlo. Eso entronca evidentemente con la Palabra de Dios.
Los destinatarios del mensaje
Los receptores, propiamente hablando, son los destinatarios de nuestra pastoral. Engloban tanto a quienes ya son creyentes y miembros de la Iglesia como a quienes no han escuchado aún la Palabra o no han respondido a ella. Y los consideramos no en abstracto, sino ubicados en los diferentes contextos en los que nos insertamos. La acción comunicativa dirigida a ellos no sólo debe afectarles, sino que ha de repercutir también en el mismo sujeto emisor.
Este servicio comunicativo exige, en particular, hacerse entender por ellos. Sería inútil una comunicación que resultara inaudible o incomprensible para los interlocutores. Y a nadie se oculta que existen sin duda lenguajes que no llegan al interlocutor, lenguajes desfasados que no dicen nada por incomprensibles y lenguajes que desorientan y despiertan por no ajustarse rigurosamente a la verdad.
¡En tantas ocasiones se habla de vocación como si se tratara de una llamada por teléfono al contestador automático de la propia conciencia, perfectamente localizable y materialmente audible! Esta manera de presentar las cosas obviamente confunde, porque la experiencia vocacional propiamente no es eso.
Cosas como éstas ocurren de hecho, Caigamos, por ejemplo, en la cuenta de la cantidad de condiciones y claridades que se exigen a los candidatos, o de la idealización con que tal vez presentamos la figura del consagrado y la de la comunidad religiosa, o la misma experiencia vocacional, que termina a la postre desacreditando, por idealista y purista, lo que se pretende comunicar. Se coloca así el listón de los ideales demasiado alto impidiendo que la obra de Dios se lleve a cabo en la humana debilidad. Nuestras proyecciones idealizan el modelo y éste, al no ser realista, confunde y oculta. Evitemos el lenguaje vacío y ambiguo de aquellas acciones pastorales que por inercia asimilan acríticamente los lenguajes de los teléfonos móviles y de Internet. Éstos sirven para lo que sirven; pero con ellos no se adquiere nunca la profundidad de la vida. Se olvida que aquella pastoral que se reduce a barnices y a superficialidades se inutiliza a sí misma porque impide radicalmente la inmersión en la hondura del misterio.
La dimensión pasiva de la pastoral vocacional: su mística
Todos recordamos que “vocación” significa “llamada”. La etimología nos repite que vocare significa llamar. Sólo podemos hablar de vocación cuando hay alguien que llama. Con relación al tema que nos ocupa, si es importante tomar en consideración la llamada, más importante aún es centrar la atención en ese Alguien que llama. En virtud de esa experiencia de encuentro con este Alguien, la persona llega a colocarlo en el centro de su existencia y a convertirlo en el sujeto de la propia vida. A veces, ciertas teologías o pastorales sobre la llamada corren el peligro de dejar a ese Alguien en un segundo plano. ¿Puede ser insignificante la identidad de quien llama? ¡En absoluto! Se pueden llegar a realizar procesos pastorales… ¡sin Dios! Cuando eso se da, las llamadas las hacen inevitablemente otros. Desde ese ligero y superficial planteamiento del tema nos estamos jugando el universo conceptual de las imágenes de Dios que utilizamos en nuestra pastoral40.
El Dios que llama y sus imágenes
Uno de los problemas fundamentales de nuestra cultura anti-vocacional41, e incluso de las crisis vocacionales que provoca, se sitúa en torno a las falsas imágenes de Dios que la sustentan. Estas imágenes pueden llegar a generar actos de profunda inmoralidad, porque, en última instancia, llevan a la persona a optar en clave narcisista42, es decir, de una forma egocéntrica, caprichosa y radicalmente insolidaria.
Por eso, la pastoral vocacional debe clarificar y depurar su pedagogía sobre la imagen de Dios. No se trata de eliminar todas sus imágenes. Sería imposible e inútil, por que sólo podemos acceder a Dios a través de imágenes. Pero sí habría que escrutar si la imagen de Dios que se maneja en la praxis pastoral coincide con la que ofrece el Evangelio. Porque es frecuente “arrancar” del Evangelio ciertas páginas para autodefenderse y justificarse. Con ese procedimiento se deja el paso libre al advenimiento de los ídolos. Y ése es precisamente el problema radical de la fe: “No te harás otros dioses aparte de mí. No te harás una imagen: figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en los abismos del mar. No te postrarás ante ellos, no les darás culto, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso” (Ex 20, 3-5). Estamos en el tema de los ídolos.
“Idolo” es aquello-persona, actividad o cosa-que ocupa el lugar de Dios en nuestro corazón y dirige y organiza nuestra vida. Tal vez el primero de los compromisos de la pastoral vocacional sea el derrotar a los ídolos, y no sólo a los ídolos malos – que se enfrentan directamente con Dios – sino también a los idolillos buenos – aquellos que pujan por introducirse sin que aparentemente impidan de inmediato la incondicionalidad debida a Dios - Lo importante no es ser “bueno”, sino hacer lo que Dios quiere 43. El problema de la pastoral vocacional no es un problema ético, sino teologal, esto es, de escucha, de reconocimiento y de cumplimiento de la voluntad de Dios. La pastoral vocacional no invita meramente a “hacer cosas buenas”, sino a cumplir la voluntad de Dios, que en muchas ocasiones se concreta, como ocurrió a Jesús en Nazaret, en “no hacer nada”, ni siquiera cosas buenas. Esta distinción entre lo bueno y la voluntad de Dios debe plantearse con claridad en la pastoral vocacional. De lo contrario, el riesgo de reducirse a lo ético y pragmático es real.
La pastoral vocacional deberá, por tanto, generar una pedagogía que diferencie lo bueno de lo que constituye la voluntad de Dios en la persona. Aquí está el fundamento de lo que tal vez se ha olvidado. Esto tiene consecuencias prácticas. Si antes se daban excesos de ascesis en la pedagogía vocacional, al quitarlos podemos quedarnos lamentablemente sin la predicación de la cruz. Y podemos estar trabajando desde una concepción de seguimiento sin cruz, que es también acogida por el mundo postmoderno. Pero no olvidemos que ¡tenemos anticipada la victoria, la resurrección! Desde esa clave pascual, podemos proponer la cruz como ingrediente necesario de la llamada vocacional. Ese sentido de cruz se encarna y tiene mucho que ver con situaciones concretas: la oración fiel que pasa por sus etapas de aridez, el sacrificio de la entrega gratuita, la disciplina derivada de las exigencias del camino, la organización del propio tiempo, las renuncias que se deben hacer de cosas buenas, etcétera. Olvidar esto acarrea graves riesgos.
Un planteamiento despierto del concepto de vocación lleva a quebrar la imagen de Dios ofrecida por la religión natural y la espontánea. Según ellas, Dios está arriba y la persona abajo; ésta, para alcanzar a Dios y sentirse realizada, trata de construir una torre capaz de darle alcance, compuesta por sus propios méritos: sus cualidades, su entrega, su praxis religiosa, sus decisiones, sus proyectos, sus fortalezas y su capacidad altruista. Pero es imposible llegar así hasta la altura de Dios. A lo más que se llega es a la construcción de la torre de Babel que siempre termina frustrándonos. Ése no es el fundamento válido de la vocación. La vocación no consiste en que la persona descubra, alcance y tome posesión de Dios; antes bien, es Él quien baja y se rebaja, acercándose hasta poder alcanzarle allá donde se encuentra. El acompañamiento vocacional que hace la pastoral trata de derribar todas esas murallas y torres construidas por manos humanas para posibilitar esa con-descendencia de Dios. El fundamente de la vocación es una experiencia de gracia que se realiza en una persona y que es anterior al bien y al mal propios. Ya nos lo enseñaron de niños, cuando al estudiar aquellos vetustos catecismo - ¡el de Ripalda y el de Astete!- memorizábamos la respuesta a la primera pregunta de por qué soy cristiano: “Soy cristiano por la gracia de Dios”. Esta afirmación no está rubricada por Lutero ¡pertenece aun antiguo y popular catecismo católico! Enuncia la existencia de una donación de gracia como causa eficiente y final del seguimiento. Sin la experiencia de gratuidad, no hay vocación.
La escucha y la acogida de la llamada
Frente al misterio del Dios que llama, se encuentra también el misterio de la persona que recibe, acoge y responde a su llamada. Nos toca detenernos ahora en el llamado, en cuanto persona histórica que se enfrenta al misterio de quien le llama
Podríamos denominar hospitalidad a la capacidad de acogida de la alteridad, a aquella disposición de apertura hacia algo que es distinto del propio yo. Podríamos denominar oyente de la Palabra al sujeto que se abre a la voz de Dios que llama, usando la feliz y honda expresión de Karl Rahner. O, en términos paulinos, hablemos de obediencia de la fe. Bajo estas expresiones y otras muchas, nos estamos refiriendo al hecho de recibir y admitir en el propio espacio vital al Otro, tal y como es. Estamos hablando de la acogida de un Dios Trascendente, al que ninguna acción humana por sí misma es capaz de alcanzar. Ninguna criatura puede conquistarle o salvar la distancia que media entre ambos. Y, de una forma análoga, podemos también afirmar que nadie puede dar la vocación a nadie salvo Dios. La pastoral vocacional reconoce así que es una pastoral “imposible”. Su modesto papel se limita a invitar a que otros se abran a dicha hospitalidad.
La respuesta vocacional, por lo tanto, está contenida en un acto de fe, por el cual se da sentido a todo. La auténtica opción vocacional es, ante todo, expresión de la apertura y de la adhesión creyente. En el fondo, el acto de fe en la llamada histórica de Dios admite una lógica que deja espacio para el misterio. Por “misterio” podemos entender el punto central que mantiene unidas las polaridades, a veces contrapuestas, que mejor surgen en esa experiencia, siempre desconcertante y paradójica, siempre en tensión entre la certeza de la llamada y la conciencia de la propia ineptitud, entre la sensación de perderse y de encontrarse, entre la grandeza de las aspiraciones y la pesadez de los propios límites, entre la gracia y la naturaleza, entre Dios que llama y el hombre que responde44. El llamado se ve abocado así a mostrar la firmeza del acto creyente propio, manteniendo juntas tales polaridades.
Partiendo de este axioma de que Dios es sumamente trascendente, y, por tanto, ninguna acción humana por sí misma puede alcanzarle, ya que la distancia entre ambos sólo la puede salvar Dios, podemos reconocer cuatro experiencias humanas derivadas de esta afirmación.
- La primera de todas es la sensación de impotencia radical, la imposibilidad de crear o fabricar la vocación por nosotros mismos. Sin llamada de Dios, no puede darse una pastoral vocacional. Él es su elemento previo y fundante. Y este elemento no está a nuestro alcance. La pastoral vocacional se realiza bajo la conciencia de imposibilidad de alcanzarle sin su acción. Esta verdad lleva a entender que únicamente se puede plantear una verdadera pastoral desde el des – centramiento que se produce en proceso de oración, de liturgia, de pasividad purificada… Lo cual no puede confundirse de ninguna manera con la mediocridad que se recluye en el ritualismo o en el espiritualismo para evitar la dureza del trabajo pastoral que se escape de las manos. Desde ahí cobra sentido el recurso permanente a la pasividad orante, a la liturgia, a la lectio divina, a la oración continua, al discernimiento espiritual. Es el “apártate de mí, que soy un pecador” o “en mí Tú lo puedes todo”. La trascendencia de Dios debe formar parte de la estructura de nuestra pastoral. Sin Dios no se puede ser fiel a Dios. Ahí acontece la conversión vocacional bajo la forma de “santa pobreza”, indicio de la presencia de Dios.
- La segunda experiencia vocacional, derivada de la anterior, es la esperanza. Ésta permite comprender que, en la medida en que se experimenta la propia imposibilidad radical, Dios empieza a ser el centro de la propia pastoral. Se ha repetido infinidad de veces, pero cuesta entender, que es en la debilidad, en la pobreza, en la flaqueza y en la fragilidad donde se muestra Dios. Porque sucede que al sentir la crudeza de una impotencia tal, bajo la forma de inutilidad o de fracaso, el pastoralista es tentado a abandonar o a reducir su trabajo a mera retórica o a una actividad rutinaria, poco o nada comprometida. Esta esperanza inquebrantable se gana solamente en las “lágrimas de Pedro”, es decir, dejándose mirar por Jesús.
Lo que venimos diciendo tiene enormes consecuencias. Si la persona por sí misma no puede alcanzar a Dios, entonces ninguna acción humana puede mostrar a ese Dios. Sólo Dios puede mostrarse a sí mismo, sólo Él se manifiesta como es: sólo Dios puede salvar. Es el único Señor y Maestro, el único a quien hay que obedecer. Por ello, la pastoral vocacional no se centra en transmitir informaciones, sino que es otra cosa.
La pastoral vocacional favorece, ante todo, la creación de espacios de silencio para la escucha45, de forma que cada persona llegue a entenderse con Dios, que se manifiesta libremente. Trata de retirar todos los estorbos que pueden impedir dicho silencio. Entre esos estorbos hay que incluir al acompañante o responsable de la pastoral vocacional. Antes o después deberá retirarse, dando un paso atrás para que en el proceso de maduración en la fe no falle este encuentro de tú a Tú para tratar de algo que solamente puede hacerse “a solas con sólo Dios”.
La pastoral vocacional, a través de esos ámbitos de silencio, ha de evidenciar que se dan condiciones para poder abrazar la libertad de los hijos de Dios46. El Sentido vocacional de esta libertad en la espiritualidad ignaciana se expresa con la palabra “indiferencia”47.Esa indiferencia no es anulación de los deseos, sino orientación interior de esos deseos hacia la llamada, y supera toda suerte de esclavitudes (complejos, miedos injustificados, angustias desproporcionadas, necesidades inmaduras de seguridad, anticipaciones ansiosas…, es decir, todo aquello que hace reaccionar a la persona con agresividad o con poca generosidad).
Tal libertad no es contraria en absoluto a la exigencia ineludible de docilidad, como libertad interior de una persona para dejarse guiar por un hermano mayor con todo lo que este caminar comporta48. La pastoral vocacional cabalga sobre esa docilidad. Y, por lo que tiene de contraste y comprobación, da credibilidad y firmeza al camino del llamado. La intuición vocacional de la persona va siendo tanto más positiva cuanto más sepa aprender, dejarse guiar, saber cambiar. Y, a su vez, lanza una llamada de alerta con respecto a quienes no han tenido más guía que ellos mismos, y no admiten que tienen que aprender a aprender…
En consecuencia, vemos la necesidad de detectar y comprobar la gratuidad de la respuesta. La pastoral vocacional debe esgrimir también, como argumento de la existencia de una vocación, el que se dé esta actitud activa en el llamado, de manera que vaya adueñándose de toda su vida. Lo que mide la existencia de la llamada real de Dios en una persona será precisamente su crecimiento en gratuidad y no tanto sus comportamientos externos, que pueden ser engañosos.
Desde las claves de silencio, de libertad y de gratuidad, se alza otra dimensión. La pastoral vocacional debe favorecer asimismo la experiencia de la luz. Dios, cuando se revela llamando, más que ofrecer un destino preciso y bien contorneado, se da a sí mismo como luz que se enciende en el llamado e ilumina su propia historia. Su manifestación, por tanto, es luz de aurora que va permitiendo contemplar la historia: la ajena y la propia, entendiéndolas tal como Dios mismo las ve. La pastoral vocacional buscará purificar la mirada para que cada cual vea su vida entera bajo la luz de Dios. Porque eso es precisamente la vocación: un cambio de mirada.
Cuando se produce la experiencia de la luz a través y en medio de las diversas mediaciones históricas (personas, situaciones humanas, acontecimientos, incluso imprevistos…) entonces se hace preciso llegar hasta la fuente original de la luz, es decir, hasta la experiencia mística de Jesucristo, Luz del mundo. La pastoral vocacional habrá de empeñarse en eliminar todo obstáculo que lleve a oscurecimiento. Quien ha despertado a la luz no sólo quiere conocer la Luz, que es Jesucristo, sino que desea también conocer “el misterio de su voluntad” (cf Ef 1, 9). Por eso, la presunta obligada inmediata es: “Señor, ¿qué quieres que haga?.
La iluminación vocacional desemboca siempre en una decisión colgada de aquella pregunta dirigida a Dios en disponibilidad rendida. El contenido concreto de esa decisión normalmente no viene de Dios ni del acompañante. Es propiamente la persona quien, tras una inicial ofuscación, va encontrando el sentido. La tarea del acompañamiento, como mucho, debe ser ésa, acompañar hacia la claridad sin prisas.
La experiencia de este alumbramiento no se sitúa en el ámbito de lo sagrado, sino en la esfera de la vida cotidiana, que es el único lugar teológico donde Dios se manifiesta. La pastoral vocacional no debe dirigir las miradas hacia arriba, sino hacia abajo, hacia la vida, donde Dios se muestra en medio de las necesidades del prójimo. Es el “baja si quieres subir”. La tarea consiste en ayudar a mirar con otros ojos la vida cotidiana.
- La tercera experiencia de fe obediencial nos remite al silencio de la encarnación: “Heme aquí”. El magisterio de Dios acontece en la encarnación. El camino vocacional no nos precipita hacia el hacer sino hacia el ser. En su dinámica de encarnación, Dios no ofrece propuestas desarrolladas, sino que hace invitaciones abiertas que reclaman confiar: “Sal de tu tierra”, sin detallar hacia dónde hay que encaminarse. Siguiendo a Jesucristo, sólo se sabe que el itinerario viene trazado por su misma vida y se recorre desde el silencio, la libertad y la gratuidad en la vida cotidiana.
Cuando se contempla a Jesús se ve claramente que en su vida hay un extraño y enorme desequilibrio: treinta años de casi total silencio frente a tres años de palabra, y éstos en ritmo decreciente. Jesús no estuvo siempre activo. Dios habló a través de un infante que no sabía hablar. Toda la vida pública de Jesús tuvo por marco este incomprensible silencio de la Palabra. Y sin embargo, así fue como “habló”. Al final de su vida, aparece como crucificado que tampoco sabía hablar, sino sólo balbucir entre quejidos unas oraciones tan breves como conmovedoras. Y cuando resucitó, volvió de nuevo a callar, regresando a una nueva y distinta “vida oculta”. La pastoral vocacional, según ese estilo, no puede consistir en oscurecer, con su palabrería y con sus ruidos ese procedimiento sorprendentemente silencioso con el que Dios quiere darse a conocer.
Hacer pastoral vocacional significa silenciarlo todo y acallarse para que Dios hable. Él se hace presente en el silencio. Dios se hace hombre porque el hombre es, por sí mismo, incapaz de alcanzar desde sí la revelación de Dios. El misterio de Jesús se desvela en el silencio, generando una esperanza inquebrantable frente a la imposibilidad radical de entender y de hacer. Este des – velo de Dios, realizado en el tiempo, no le lleva a ponerse a nuestro alcance de manera que lo podamos dominar y manipular desde nuestros criterios e intereses. Dios se muestra, escondiéndose, bajo una doble velamiento: la historia y la figura de siervo. Su epifanía acontece, pues, en la vida ordinaria y en actitud de servicio. Su finalidad es entregar la vida para que otros tengan vida. La pastoral vocacional sabe que a Dios se le encuentra en todas las cosas, esto es, en la vida cotidiana y en el servicio, sinónimo de normalidad y gratuidad.
- La Cuarta experiencia trascendental, a que apremia la pastoral vocacional, se sitúa en la esfera de los procesos pedagógicos del itinerario vocacional. El crecimiento y la madurez vocacional se van alcanzando al armonizar procesos e ideales. No son válidos aquellos procesos vocacionales que no proponen ideales altos. Propiamente hablando, ése es el momento formativo de la pastoral vocacional49. Pero también serían inútiles aquellos ideales que no se traducen en procesos pedagógicos que hay que iniciar y recorrer. Gran reto es el ofrecer itinerarios de crecimiento que promuevan los ideales en procesos. Es cierto que los ideales nobles ponen en tensión dichos procesos; el arte está en mantener un cierto equilibrio entre ternura y exigencia, de manera que no se ofusque la radicalidad del dinamismo de amor que subyace.
Y eso es lo que funda la fidelidad. Fidelidad que posibilita una reconciliación con el pasado. Es la máxima manifestación de la libertad: lo pasado no se puede borrar, pero tampoco se puede reprimir. El pasado solamente se puede “recolocar” recomponiendo el mapa personal con las mismas piezas, de modo que liberen el presente y permitan un futuro nuevo. Fidelidad que implica un ejercicio de libertad liberadora. Se trata de liberarse de la cadena que ata al pasado para acoger la invitación de Dios a la libertad y abrir un futuro nuevo de vida. Esa libertad en el presente se traduce como caridad, como eucaristía; y de cara al futuro como esperanza inquebrantable.
20 Cf, NVNE 16, Donde este principio queda bellamente presentado, fundamentado y desarrollado.
21 CENCINI, A. “Indicaciones Prácticas para la estructura de la pastoral ordinaria” (2ª parte de la potencia del autor en el encuentro de Varsovia del 2 al 6 de julio de 2003, en EVS/EU-VOCATIO (Servicio Europeo para las Vocaciones). Todos uno 157 (2004) p. 13.
22 Cf, Vita Consecrata, 64.
23 “La misma comunidad eclesial tiene una estructura profundamente vocacional” (NVNE 19).
24 Pastores dabo vobis, 34.
25 Cf, NVNE 26.
26 Cf, PDV 34.
27 Discurso de Juan Pablo II a los participantes en el congreso Nuevas vocaciones para una nueva Europa. L´Osservatore Romano, 11-V-1997, n. 107.
28 NVNE 12.
29 NVNE 26.
30 NVNE 25 b,c.
31 NVNE 6.
32 NVNE 26. 3
33 Cf. NVNE 31.
34 NVNE 8.
35 Para ahondar más en el sentido de este argumento remito al tercer capítulo de CENCNI, A. Vocaciones. De la nostalgia a la profecía. Madrid: 1994, pp 53ss.
36 Cf. NVNE 12.
37 NVNE 27.
38 Del Verbum, 25.
39 Un gran maestro de pastoral juvenil, R. Tonelli, habla de “hacer propuestas contando historias que den vida”.
40 Cf. GARRIDO, J. Proceso humano y Gracia de Dios. Apuntes de espiritualidad cristina. Santander: Sal Térrea, 1996, pp. 246ss. De entre lo mucho escrito sobre esto recomiendo en particular esta lectura, que personalmente me resultó muy luminosa para la pastoral vocacional.
41 Cf. NVNE 10C.
42 Cf. TRECHERA , L. ¿Qué es el narcisismo? Bilbao: Descleé de Brouwer, 1999. sus interesantes reflexiones sobre las raíces y el alcance del narcisismo en la cultura actual muestra cómo este extendido fenómeno rompe con todas las posibilidades de planteamiento vocacional al centrar al sujeto en su propio ego, cerrándolo herméticamente al otro, a los otros, al Otro.
43 Algo de esto decía D. Miguel de Umanuco en su Diario íntimo: “No es lo mismo obrar el bien que ser bueno. No basta hacer el bien, hay que ser bueno”. Con ello, indica que la autenticidad de lo bueno iba más allá de sus apariencias.
44 Cf. CENCINI, A. “El discernimiento vocacional bajo el signo de la esperanza”. Seminarios 43 (1997) pp. 283-311.
45 SCHINELLA, I. “Silencio”. En: Diccionario de pastoral vocacional. Salamanca: Sígueme, 2005, p. 1057.
46 Cf. GONZÁLEZ-CARVAJAL, L. “La libertad de los hijos de Dios”, Sal Terrae 85 (1997) pp. 391-405.
47 Cf. GONZÁLEZ FAUS. Adiestrar la libertad. Santander: Sal Terrae, 2007, p. 193.
48 Cf. NVNE 37.
49 Cf. NVNE 36.
AUTOR: Juan Carlos Martos
TITULO: “Abrir el Corazón”
Animación Vocacional
en tiempos difíciles y formidables
EDITORIAL: Publicaciones Claretianas, Madrid.